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jueves, 3 de septiembre de 2009

Dialéctica de los Sexos IV


La vida es, en buena parte, repetición. En política e historia se habla de
tradición. Mantener la cotidianeidad de la vida y de la historia es el papel
consignado desde siempre a la mujer. En la repetición la presencia de la
libertad no se siente. Realmente no hace falta su presencia. Se elige una vez
y luego ya no es necesario hacer el esfuerzo de nuevas decisiones.

Frente a esta concepción del futuro Se levanta otra en la que la vida es
trascendencia, evasión de sí misma, salida. Hay un acto libre espiritual, en
los linderos de la perfección. Existen formas primarias de elección vital
que son otra forma de libertad. Análogamente hay dos modos de trascender.

Existe una que es la que impulsa al hombre como ser finito en brazos de lo
infinito, es decir de Dios. De la propia limitación humana nace el impulso
a buscar un remedio a la angustia del hombre en las fuentes de la creencia
en un principio absoluto anterior a él y de quien él ha recibido el Ser. Pero
hay otra forma de trascendencia que es la que Camus llamaba la "trascen-
dencia del hombre sin Dios". En ella la existencia humana se ve impulsada
a evadirse de las torturas de la repetición. En ella se busca, en cada acto de
la vida cotidiana, algo nuevo que lo ilumine. ES un descubrimiento de nuevas
geografîas del sentido de la vida. Tradicionalmente, la pasividad de la mujer
y la actividad del hombre se enroscaban en torno a estas dos actitudes frente
al futuro. Pues bien, la mujer actual, o por lo menos aquellas en las que
el proceso de "concienciación" alcanza lucidez más elevada, se niega a
vivir su vida sumergida en ese mundo lunar de la inmanencia histórica.

Quiere participar en esa apertura vital que la impele a trascender. Cuando
en el lenguaje coloquial se dice "quiero vivir mi vida" se expresa ese mismo
deseo. La mujer actual quiere conquistar su libertad como mujer. Este es
su objetivo.

La aventura de la libertad en cualquier forma que se viva es gozosa,
pero esta cargada de riesgos. Detengámonos sólo en un punto: la experien-
cia amorosa. Todavía se considera que la aventura central de la mujer es
la experiencia amorosa. ¿En qué consiste la conquista de la libertad en ese
punto? ¿Hay una diferencia entre las mujeres de antes y después de Hiroshi-
ma? En Tous los hommes sont mortels Se lee: "No le gustaban más que las cosas
prohibidas", refiriéndose a una muchacha. ¿ES que la conquista de la liber-
tad en la aventura amorosa no puede consistir más que en la búsqueda del
placer de todo lo prohibido? Existe toda una novelística que nos ofrece,
con caracteres mas plásticos y acusados que la realidad misma, a dónde
lleva esa situación. Pierre de Boisdefre dice en su libro Metamorfosis do la lite-
ratura, hablando de la generación de la segunda mitad de este siglo: "La
juventud ya no es un alibi, la juventud se pierde —como el eterno femeni-
no— y así es mejor. El amor cortés, esa bella invención retórica ha muerto;
hace falta mucho tiempo para hacer la corte a una mujer; Se la posee y se
acabó; o se compromete uno con ella para siempre...".

Las muchachas de hoy —muchas de ellas- quieren vivir su libertad y
así llenar su vida. Parten, sin saber metafisica, del principio de que la liber-
tad absoluta es posible y así rellenan de contenido su existencia. No esperan
al futuro marido ejercitándose, mientras tanto, en las pequeñas disciplinas
del ama de casa. No esperan siquiera al hombre. Este viene como un "acto
gratuito” más. También en el amor aparece el acto gratuito, es decir, el acto
sin sentido. La vida humana para Ser tal ha de consistir en un encadena-
miento de actos, de tal suerte que el nuevo conceda sentido al anterior. En
el acto gratuito, por ejemplo, en el crimen Sin sentido de los "hippies", Se
está en los límites de lo humano o de lo anormal, porque resulta infrahumano.

Es mas, ese vivir en una tierra de nadie, en la que florece de vez en cuando
lo un amor gratuito, es el camino más seguro del tedio. La luz que colorea las
novelas de Françoise Sagan es la del tedio.

La dinámica es clara: Se quiere Salir de la monotonía de la repetición .
por el salto a la libertad- Pero la libertad obtenida con el salto, la libertad
gratuita, esa pretendida libertad absoluta, en lugar de enriquecer la vida
la corroe y de su corrosión nacen la angustia y el tedio. La vida se aniquila
con la muerte, pero otra forma de aniquilarla es desecarla de valores hu-
manos e infiltrarla de nihilismo. No conozco literatura más triste que la de
muchas recientes novelas. Helena, la protagonista de Le sang des autres está
invadida por el tedio, "eSe tedio que tiene el agrio olor de la leche cortada,
era la carne misma de la que estaba hecha".

Resulta además pavoroso pensar que el acto gratuito de cualquier clase
que sea -erótico o agresivo-, va íntimamente ligado a las situaciones
radicales: angustia, miedo, náusea, precisamente porque en esas situacio-
nes la vida resulta absurda v sin sentido. Les falta la substancia que rellene
los momentos de una vida sana y, en lugar de ella, aparece, al trasluz, el va-
cío de la vida misma. P
En resumen, la situación de la mujer en la actualidad es la siguiente:
se ha descubierto a sí misma y en ese descubrimiento ha afirmado su exis-
tencia y por tanto ha puesto en juego su libertad. Pero este es un punto de
partida y no de llegada, y como tal punto de partida, es necesario que la
mujer reconozca en él su especificidad, su propia "alteridad".
Estamos de acuerdo en que muchas de las cualidades atribuidas a la
mujer a lo largo del tiempo no son cualidades primarias, ligadas al sexo,
sino secundarias, impuestas por la atmósfera cultural en la cual ha vivido.

Los estudios antropológicos de Margaret Mead han puesto de manifiesto
hasta que punto eso es verdad. Pero el reconocimiento del carácter subsi-
diario de tales cualidades en modo alguno autoriza a negar su "alteridad",
es decir, el ser "otro" de la mujer con respecto al varón. Es una diferencia
cualitativa y no cuantitativa.

La conquista de la libertad en la mujer se ha proyectado sobre el plano
político y sobre el del trabajo. Lo que han dado de sí, hasta ahora, las liber-
tades políticas respecto a la mujer ha quedado ya reflejado en lo dicho ante-
riormente. Ôtras consideraciones análogas podríamos hacer respecto al mundo
del trabajo. Poco a poco se va adquiriendo el convencimiento de que también
aquí la proyección social de la mujer tiene sus limitaciones. Ella está más
P adaptada o más capacitada para determinados tipos de trabajo, mientras
que hay otros que parecen repeler su propia naturaleza.

La conquista de la libertad en la aventura central de la mujer, que es
el amor y la experiencia sexual, también tiene sus limitaciones, so pena de
que termine en la estepa nihilista. Es necesario, pues, que al mismo tiempo
que se abren las compuertas históricas y se acepta que la mujer contribuya
de una manera decisiva a la constitución del mundo actual, Sepa aquélla
elegir sus propios caminos.

En páginas anteriores me he ocupado de las diferencias antropológicas
específicas entre la mujer y el hombre. Podríamos decir, si no fuera porque
las palabras tienen ya un significado preciso en ciertas escuelas de psicolo-
gía, que la mujer es introversiva y el hombre extroversivo. La extroversión
del hombre hace que sienta el mundo como resistencia y que tienda a con-
vertir en cosas, contra las cuales dirige su agresividad, todos los puntos de
resistencia con que tropieza en su aventura vital. La mujer, en Cambio, es
creadora de vida, y esto no sólo en un puro plano biológico, sino en el plano
antropológico. La presencia a’e la mujer es la que hace humana al varón. que esta
siempre amenazado de deshumanizarse por su propia actividad excentrica.
Esta fidelidad a la propia Continuidad de la vida, podríamos decir, es la que
queda reflejada en la expresión "el eterno femenino". No se habla del "eterno
masculino" porque en el varón la existencia parece que se despliega a saltos,
en quiebras y en discontinuidad. En el mundo mitológico la mujer era la
Tierra, la substancia de la que procedía la vida misma y la que aseguraba
la continuidad de la vida. Bien esta que la mujer no se contente hoy en día
con ser un mero espectador pasivo en el teatro de la historia, pero que no
abandone la fidelidad a su propia y substancial manera de ser.

No se pueden pedir, cuando se habla de estos problemas, fórmulas defini-
tivas, caminos claros que los solucionen. Mucho menos se le pueden pedir
a quien piensa, como yo, que lo fundamental es la presencia del misterio en la
vida. No se puede concebir la historia humana como un teorema, sino como
un despliegue, un desarrollo, de un núcleo misterioso y escondido del cual
procede la aventura humana. No se puede pedir el desciframiento de cuál
va a ser la proyección futura de esta toma de conciencia que la mujer actual
ha hecho de su propio ser. Lo único seguro es que su gran fuerza procede
de la conservación de su propio núcleo originario y, por tanto, de su pro-
pio misterio. "Sed misteriosas" decía Gauguin. La fuerza de la mujer esta
en el misterio.

Están las mujeres frente a un mundo nuevo. Mundo que han de crear
con la gigantesca aventura de su nueva libertad. Sólo habría que desear
que el vértigo de la libertad no las ciegue. Nada hay más conservador que
la mujer en el seno de una sociedad conservadora. Nada hay más revolu-
cionario que ella en el seno de una sociedad revolucionaria. Que el goce
de lo nuevo no haga olvidar a la mujer su fidelidad a su propia constitución
y esencia. El olvido de la fidelidad a sí misma en la realización de su vida
es el peor de los males. Es una manera de destruirse, de aniquilarse y de vivir
en los aledaños de la nada.

Dialéctica de los Sexos III

En el plano gubernamental la situación es enteramente diferente. La par-
ticipación política de la mujer es muy débil, y se estrecha un poco más a me-
dida que se avanza hacia el círculo interior. Poco numerosas son las candi-
daturas femeninas en las elecciones, menos aún las mujeres parlamentarias,
menos las mujeres ministros y escasísimas las mujeres jefes de gobierno.
Esta disminución progresiva de la influencia femenina a medida que Se
asciende hacia los puestos de dirección no es sólo sensible en la estructura
del Estado y de sus organismos políticos, sino que se la encuentra en la ad-
ministración pública, en la de los partidos políticos, empresas privadas,
sindicatos, etc. Actualmente no se percibe ninguna evolución que modi-
fique esta situación: no aumenta el porcentaje de mujeres diputados en nin-
gún país del mundo. Al contrario. Cuando en un país se concede el voto fe-
menino por primera vez, aparecen algunas mujeres parlamentarias, pero
en las sucesivas elecciones vuelve a descender su número y a estabilizarse
en una cifra muy baja.

Además de ser muy débil en cantidad, también hay una diferencia cuali-
tativa en cuanto a la Orientación de las mujeres en su participación dentro
del círculo gubernamental. Las pocas mujeres que toman parte en la direc-
ción de los partidos, en altas funciones administrativas en el parlamento
y en los gobiernos, dirigen su actividad hacia tareas netamente especializa-
das: higiene, educación, maternidad, familia, vivienda, etc. ES decir, hacia
todas las cuestiones consideradas como específicamente femeninas por la
opinión corriente.

Se podría pensar que esto Sucede en las primeras fases de la participación
de la mujer en la vida pública, pero los hechos demuestranque esta interpre-
tación es falsa y que más bien se observa una acentuación de esta tendencia
especializadora. Resulta muy típica la evolución de la mentalidad de los
partidos de izquierda y de extrema izquierda europea en este sentido. Al
comienzo del siglo rechazaban con violencia toda discriminación entre los
sexos y se esforzaban en colocar hombres y mujeres en un mismo plano, de
rigurosa igualdad política. Hoy, sin renegar directamente de su doctrina
inicial, insisten en el papel de esposas y madres, confían a sus cuadros feme­
ninos el cuidado de dirigir actividades propiamente femeninas y desarrollan
organizaciones especiales para las mujeres en lugar de preferir la adhesión
de ellas al partido mismo. El feminismo del l900 no se parece al del 1954,
ni al del 1967. Aquél nacía de la distinción entre los sexos y refería los hom-
bres y las mujeres a la noción de ciudadanos. Hoy, por el contrario, Se sitúa
la diferencia entre los sexos en la base misma de la doctrina, e impulsa a
la mujer a entrar en la acción política y en la defensa de los intereses consi-
derados como específicamente femeninos.

Pero yo quisiera hacer hincapié sobre aspectos más esenciales de este
proceso de "concienciación" que tiene la mujer actualmente y del cual sólo
una manifestación secundaria es la participación decidida en la colectividad
social e histórica. La mujer toma conciencia de sí misma como "otro ser".
Simone de Beauvoir, en su libro El Segundo Sexo, da una versión, a mi modo
de ver insuficiente, sobre este proceso. La mujer ya no se resigna a ser el
objeto del amor de los hombres. Ser objeto degrada y deshumaniza. "La
mujer se determina a sí misma tomando a su cuenta y asumiendo su natu-
raleza en la afectividad".

Este punto de vista ofrece una perspectiva más amplia y verdadera que
el de Freud. El psicoanálisis ha sido uno de los movimientos del mundo
contemporáneo que más ha incitado al ser humano a tomar una Cierta
conciencia de sí mismo. Su secreto estriba, precisamente, en elevar a la luz
de la vida consciente lo que sestea o se agita en las sombras del inconsciente,
su limitación proviene de circunscribir la "geograf`ía" del mismo. Si el ser
humano es neurótico o perverso —-afirma— es porque se conoce mal o
porque encubre con artificios defensivos su dinámica instintiva. Pero el
mismo Freud Se mostraba ante la mujer con mentalidad de pequeño burgues.

La mujer no es para el un ser diferente, sino inferior, como si ocupase un es-
calón más bajo en el proceso de diferenciación de la vida humana. Por eso
la mujer nace con un complejo ——según Freud- en el que vivencialmente
expresa y reconoce su inferioridad anatómica. Le falta en su "geografîa"
corporal una pequeña península, orgullo del varón y que ella le envidia
desde que lo descubre, en el "otro", siendo aún niña.

En Simone de Beauvoir la perspectiva del universo femenino es más
amplia. No se trata ya de una naturaleza que la determina fatalmente como
mujer, sino de un ser que elige una determinada forma de existir y dentro
de la elección asume su feminidad con todas sus características.

El hombre contemporáneo se busca a sí mismo y trata de escapar a todo
el proceso de alienación ——es decir, de dejar de ser humano— a que le so-
meten las fuerzas históricas que actúan sobre él. Evita angustiosamente
disolverse en el anonimato de la masa y convertir su vida en la vida de un
objeto entre objetos. La mujer tiene formas específicas de alienarse o de dejar
de ser ella misma. Una de ellas consiste en imitar al hombre. Si una mucha-
cha sube a un árbol es que imita al muchacho, si busca un trabajo indepen-
diente también, se dice corrientemente. Pero ¿eS que la mujer no tiene sus
propias características antropológicas sin necesidad de parecerse al hombre?
La vida, Se ha dicho muchas veces, es un proyecto y cada vida humana
es la realización de un proyecto singular. Pero, en lo más íntimo del acto
de vivir, se halla la experiencia de la libertad. En cuanto alborea la con-
ciencia el mundo se nos presenta como un haz de posibilidades entre las que
es preciso decidir. No se trata de una elección como un acto perfecto, de una
voluntad libre, al modo como lo estudiaba la metafísica clásica, sino de
una elección que esta en las fronteras entre lo biológico y lo psíquico. La
misma vida de los instintos ya se inscribe en el pentagrama de las elecciones.
Se elige comer esto o aquello y, lo que es más radical, se elige comer o no comer.
Esta radicalidad es la que va implícita en el acto mismo de vivir, puesto
que también se elige continuar viviendo.

Vida es, pues, en cierto sentido, libertad. La perspectiva existencialista,
sobre todo la de Sartre, se extralimita cuando eleva ese principio de la liber-
tad a categoría absoluta. No hay —dice— principio de acción que nos
venga de fuera de la existencia misma. La ética de nuestras acciones queda
configurada por la compulsión a la elección. Sartre se olvida de algo que es
aracterístico a la existencia misma y es que ella elige seguir existiendo.

Más claro, la vida es elección entre posibilidades varias, pero hay una que
la vida no puede elegir sin desaparecer, que es la de seguir viviendo. Luego
la vida tiene un Sentido para Sí misma. Toda elección crea un sentido que nace
del sentido mismo de la vida. La vida que carece de sentido es absurda y
para el absurdo de la vida no hay más que una respuesta, como decía Camus,
que es la del suicidio.


Pero de otro punto fundamental se olvidan algunas direcciones de la her-
menéutica existencialista: que el hombre es un espíritu encarnado. Estamos
ligados a un cuerpo que es algo radicalmente distinto de las numerosas
"cosas u objetos" que pueblan nuestro mundo. El cuerpo humano es la raíz
de la existencia humana y en su núcleo originario nos viene dado como es.

Es decir, el punto de partida nos está dado. No somos absolutamente libres,
sino que venimos ya al mundo con limitaciones inscritas en nuestra propia
carne. No hemos sido libres para elegir ser hombre o mujer, sino que' hemos
nacido así. Nuestra libertad es, pues,una libertad sujeta ala condición humana.

La mujer no es libre absolutamente para conformar su existencia. Por
eso su vida tiene que oscilar entre la inmanencia y la trascendencia. Veremos
clara esta situación dilemática si la proyectamos sobre la concepción del
futuro. Existe un modo de concebir el futuro de cada uno como repetición.

Marcelle, una mujer protagonista de una reciente ovela dice "esperaba
pasiva y desgastada; iba a esperar así durante '1`os, hasta el fin... Repetir
lo mismo, vivir la cotidianeidad siempre bajo el mismo signo, levantarse,
peinarse, vestirse, salir a la calle, comer, volver a casa, salir de nuevo, etc., etc.".
Volver a empezar, volver a empezar siempre bajo la misma fórmula, con un
techo vital que ahoga y apenas permite respirar. Durante décadas, quizá
durante siglos la vida de la mujer ha sido planificada de esta manera. Es una
vida cíclica con sus altos y sus bajos, sus ritos, ritmo y repetición, de la que
sólo el hombre le arranca una o más veces, pero casi siempre transitoria-
mente, para dejarla de nuevo que siga deambulando, vegetal y poética
mente en su mundo lunar.

Dialéctica de los Sexos II

Fuera de un plano diagnóstico, lo que puede asegurarse es que, a me-
dida que el varón ha ido realizándose más en forma objetiva, se ha desubs-
tancializado. El dilema es trágico. O realizarse o desubstancializarse. El
mundo del hombre contemporáneo es una creación viril y como tal es rico,
colosalmente rico, en realizaciones, pero pobre, paupérrimo, en realidades
sustanciales y vitales.

De ese peligro salva al hombre la presencia de la mujer. La mujer es un
ser eoueeritriea. Excentricidad y concentricidad Se hallan ya expresadas en
la Simbología corporal sexual. "Tota mulier est in utero." El hombre ejecuta
y la mujer cobija. La mujer se halla más próxima a la fuente misma de la vida
que el varón, y su atracción la libra del peligro de la alienación. El mito
de Fausto y Margarita es ejemplarmente lúcido. Fausto, anhelando des-
cubrir el secreto de la vida, de la eterna juventud, vendiendo su alma al
demonio y sellando el pacto entre humos y retortas. Margarita, gravitando
sobre él en su alada peregrinación y, al final, trayéndole a la verdadera rea-
lidad de la vida humana y salvándole.

La mujer vive más apoyada en sí misma que el hombre, se satisface más
a sí misma. El narcisismo, tan natural en la mujer, es expresión minúscula
de esta característica esencial. El espejo sirve al varón para sus experimentos
físicos, quizá para afeitarse o para anudar su corbata. A la mujer el espejo
le Sirve para contemplarse, para llenar la circunstancia en que vive envuelta,
su mundo, con su propia figura. El varón organizará una fábrica según
el principio del rendimiento o de la eficacia. La mujer organizará una casa
a su imagen y semejanza. No importa que sea eficaz, sino que ella esté allí,
en la frescura apacible del rincón o en el pétalo que cae sobre la mesa.
La mujer es, pues, mediadora entre el hombre y la vida. El principio femenino
ha sido considerado por la filosofía romántica como el principio ctónico y
telúrico de la vida humana. Frente a la acción del varón Se halla el "pathos"
de la mujer. No es que la mujer sea más capaz de sufrir que el hombre, Sino
que sufre de otra manera, más íntima y vegetalmente.

Este esquema diferencial entre varón y hembra no es una intuición,
ni mucho menos una elucubración especulativa. En numerosos rasgos de
la conducta del hombre y de la mujer vemos esa diferencia. Cuando un
niño tira una piedra, su brazo se dispara vigorosamente del cuerpo, como
si quisiera alejarse del cuerpo con la piedra misma. La mujer, en cambio,
lanza la piedra como si algo Sujetase su brazo a su eje personal. El primer
movimiento tiene un evidente carácter de "excentricidad" y el segundo de
"concentricidad". En cualquier manifestación viril vemos agresividad, com-
batividad, interés dirigido al exterior, apetencia por los datos físicos y cien-
tíficos, sed de aventuras. En la mujer vemos interés por las artes dramá-
ticas, compasión, ternura, amor por el hogar, etc. En ios test de inteligencia,
los niños sobresalen en la comprensión, en el descubrimiento de las imágenes
absurdas, en los test de dirección, en los de analogías, recuento de bolas,
denominación de vehículos, palabras abstractas, ingenio, razonamientos
aritméticos e inducción. Las niñas, en cambio, destacan en los de recordar
imágenes, recitar, plegar un papel, abotonar, realizar comparaciones artís-
ticas, reunir objetos que hagan juego, anudar lazos, calcular edades, dibujar
una sarta de cuentas de memoria, etc. ¿Por qué hay esa diferencia en las cur-
vas de crecimiento en los niños y en las niñas? Hasta los l5 años crecen las
niñas más deprisa que los muchachos. A partir de esa edad el fenómeno se
invierte. Mientras el crecimiento se realiza dentro de la propia circunstancia,
en la mujer es más rápido. Cuando la circunstancia se salta empieza el hom-
bre a crecer más aceleradamente. ¿Por qué se suicidan más hombres que
mujeres, sino por ese carácter diferencial? Vivir la vida hacia afuera tiene,
sin duda, sus peligros. La excentricidad del varón llena su trayectoria vi-
tal de amenazas. En cualquier arrecife puede tropezar y hundirse su barco.

La mujer boga más serena y tranquilamente, como si se hallara apoyada,
por un pie invisible y madrepórico en el fondo mismo del mar.
Sería un grave error creer que este reconocimiento de la "alteridad"
de la mujer se ha logrado siempre. Su supuesta indigencia espiritual y aun
corporal es tema y punto de vista demasiado frecuente para que insista
sobre él. Incluso, a pesar de todo lo que el cristianismo ha hecho por la mujer,
se le ha achacado no reconocerla su cualidad humana. Y cuando se quiere
realizar el Salvamento de la dignidad de la mujer se apelacon frecuencia,
y casi con exclusividad, a uno de sus modos de realizarse, la maternidad.
¿Cuál es la condición de la mujer en el mundo contemporáneo? ¿Hay
una mutación? ¿() Se trata simplemente, en los fenómenos que observamos,
de leves irisaciones del lago profundo, quieto, inmóvil desde hace milenios,
de eso que se llama "el eterno femenino"?

Existe una nota en el mundo contemporáneo que se proyecta sobre esta
cuestión. El hombre actual nos muestra perfiles distintos del de otras épocas.
Estos perfiles no se refieren sólo a la influencia que en el mundo contempo-
ráneo puedan ejercer los avances científicos y técnicos. Yo más bien diría
que éstos son derivados del cambio de actitud histórica del hombre. En el
hombre contemporáneo ha tenido lugar un gigantesco proceso de "concien-
ciaCión" —de darse Cuenta. diríamos en buen castellano— de sí mismo y de
sus posibilidades. Las posibilidades del ser humano son casi infinitas, pero
este hecho ha permanecido soterrado y oculto a la conciencia del hombre
durante siglos. Ahora, el proceso es de signo inverso. Si se ha dicho, por res-
peto a la verdad y al misterio de la vida y la historia, que las posibilidades
del ser humano son "casi" infinitas, ahora he de decir que el hombre mo-
derno las siente como infinitas, suprimiendo la pequeña partícula limitativa.

Se especula con el futuro del hombre en la tierra como con algo ilimitado.
Es más, ya la tierra no basta y el hombre planea la vida en otros planetas.
El progreso humano no tiene límites se afirma. Esto quiere decir que el
hombre "se ha dado cuenta de sus poderes", y que durante muchos años
estaba como sesteando y ocupado en tareas menores. Pero esta elevación
al plano de la conciencia acaece no Sólo en lo que respecta a sus poderes,
sino a su propia intimidad personal. Bucea en sus entrañas con más ahínco
que nunca y, por otra parte, rasga afanoso y prometeico, el velo del misterio
que le envuelve.

Este mismo rasgo lo hallamos proyectado en la situación de la mujer
contemporánea. Ha tomado conciencia de sí misma, ha despertado de su
Sueño invernal y quiere participar activamente y no sólo vegetalmente en
la constitución del mundo nuevo. En ese despertar hay una vertiente polí-
tica que quizá no Sea la más importante. La mujer actual quiere gozar en la
vida civil de los mismos derechos y consideraciones que el hombre. En este
punto, la batalla está ganada, aunque hayan perdido algunas escaramuzas
y todavía no se halla reflejada en la letra de muchas leyeS. La mujer actual
tiene derecho a participar en la vida social con la misma amplitud que el
hombre. Tienen ese derecho y ellas verán el uso que hacen de él. Y, sobre
todo, percibirán, en su propia carne, la luz y la sombra que van implícitas
en toda participación activa en las tareas históricas.

Hace algunos años, bajo el patrocinio de la UNESCÓ, se organizó una
encuesta, dirigida por Mauricio Duverger, sobre la participación de las
mujeres en la vida política. En el plano electoral la participación de las mu-
jeres en la vida política es importante. Ni por su extensión, ni por su contenido,
difiere formalmente de la participación masculina. En general, se abstienen
A un poco más de votar que los hombres y su voto es —generalmente— un
poco más conservador que el de ellos. Se halla, tal vez, un poco más sometido
a las influencias religiosas. Pero las diferencias son débiles y no conciernen
más que a una pequeña parte del cuerpo electoral femenino. Sólo en circuns-
tancias excepcionales estas diferencias marginales pueden tener una influen-
cia importante en la mayoría gubernamental. Algunas de ellas se explican
por las diferencias de situación entre los Sexos, por ejemplo, el número más
elevado de viudas que de viudos o por la distinta configuración de las lla-
madas pirámides de la edad. Lo importante, sin embargo, es que desde el
punto de vista electoral, nada viene en apoyo de la afirmación de la existen-
cia de una naturaleza femenina irreductible y de una diferencia fundamental
entre el comportamiento del hombre y el de la mujer. Podría alegarse la
importancia de la autoridad marital en materia política, y afirmar que la
unidad de voto en el interior de la pareja conyugal resulta de un alineamiento
en la voluntad del marido. Pero ¿la decisión del marido, no se halla incons-
cientemente influenciada por la vida entera de la pareja y por la presencia
de la mujer? Si estuviera soltero, ¿decidiría en el mismo sentido?

Dialéctica de los Sexos

Hay dos maneras de concebir la dialéctica de los sexos. Una, simboli-
zada en la historia bíblica y otra, en el viejo mito platónico. Ambas encie-
rran dos perspectivas del problema más radicalmente distintas de lo que
parece en una primera aproximación.

Según el mito, tal como Platón lo refiere en el "Symposio" existían unos
seres que, simultáneamente, eran hombre y mujer. Su figura resultaba
monstruosa: dos caras que miraban en direcciones opuestas, cuatro orejas
y "todo lo demás" que puede suponerse. Su fortaleza era tanta que Júpiter
decidió debilitarla partiéndola en dos, como se parte una fruta. De estas
dos mitades incompletas proceden los dos sexos, y así, andan buscándose
uno a otro para lograr la unidad y con ella curar al ser de su inferioridad
nativa.

Las dos mitades que formaban el andrógino peregrinan por el planeta:
la fusión supone la unidad y la Separación la guerra. En el fondo, a pesar
de su belleza, en el mito platónico se encierra la dialéctica sexual como una
lucha entre iguales. Porque la historia, prolongada idealmente, sería lo
siguiente: las dos mitades de la humanidad, primeramente iguales, se han
desigualado en el curso de la historia. La peor parte de este proceso ha co-
rrespondido a la mujer, dominada por el espíritu agresivo y hostil del varón.

La propia irrealidad del andrógino nos muestra la falsedad de la inter-
pretación. El andrógino no existió, ni los dos seres pueden de nuevo fundirse
para formar un único ser. El secreto esta ahí: en el misterio de la fusión comu-
nicativa, en la cual ninguno pierde su propia y personal autonomía, sino
que ambos salen enriquecidos.

Hablar de igualdad o desigualdad de los sexos es partir de supuestos erró-
neos. La mujer no es igual ni desigual al hombre, sino que es sencillamente
"lo otro". En lugar de igualdad o desigualdad, yo hablaría de "alteridad
de los sexos".

Esta alteridad Se revela en todos los planos, desde los biológicos hasta
los espirituales. Ya las diferencias aparecen en el modo de abrocharse los
botones. Yo no creo en las diversas explicaciones apoyadas en las costum-
bres que se han dado a esas diferencias. Por ejemplo, que el hombre llevaba
la espada a la izquierda y que fuese más cómodo así abrochar sus trajes
como lo hace, o que a la mujer le resultase mejor el inverso modo de aboto­-
­nar en relación con la maniobra de desabrocharse el pecho para alimentar
al niño. Creo que el sentir cómoda o incómoda la acción de derecha a izquierda
o de izquierda a derecha es tan radical en la estructura del ser como el modo
de tirar las piedras o el participar en la génesis de los hijos.

Busquemos una fórmula simple y categórica. Hela aquí: El varón es
respecto con la mujer un Ser excéntrico (es difícil encontrar un adjetivo adecuado
para expresar estas diferencias. En lugar de "excéntrico" y "concéntrico"
podríamos decir "centrífugo" para el hombre y "centrípeta" para la mujer.
Ambas palabras tomadas de la geometría son insuficientemente expresivas
en el área antropológica. De todos modos, el contexto explica en qué sen-
tido deben tomarse). Este calificativo necesita algunos esclarecimientos.

Cuando se analizan las diferencias existentes entre el animal y el hombre
salta a la vista el hecho de que el animal se halla fundido en su medio, mien-
tras que el hombre se halla situado frente a un mundo. Animal y medio
que le rodea forman una especie de unidad primordial, simbiótica. El animal
responde mediante sus resortes instintivos a los estímulos que recibe del
medio ambiente. El gran argumento contra la evolución de las especies
consiste en que éstas no necesitan cambiar, metamorfosearse, para mejorar
sus condiciones de vida. Se hallan bien, cada una envuelta en su medio
ambiente, como en un lugar seguro y apacible. Tendrán sus quebrantos y
sus peligros, pero de tales no les libra una mutación del medio y, por tanto,
tal mutación resulta innecesaria.

En cambio, el hombre no se halla situado en un medio, sino colocado
frente al mundo, que es obra suya. Al animal el medio le es dado. Al hom-
bre el mundo le es propuesto en el acto inicial de su existencia, como el gran
tema que ha de desarrollar durante toda su vida. Los monos antropoides,
aun los supuestos más inteligentes, siguen haciendo lo mismo, exactamente
lo mismo, hoy que hace milenios, cuando divisaban por primera vez la trama
del bosque que constituye su habitáculo. Si alguien cambió las ramas de
los árboles por los barrotes de una jaula, el cambio había sido obra humana
y nada más que humana. Y, sin embargo, gquć diferencia entre las cuevas
de Altamira y un "Salón de Otoño"! Si elijo precisamente este ejemplo es
para Subrayar lo que hay de permanente y mudable en la naturaleza hu-
mana. El hombre de Cro-magnon encendió el fuego frotando dos maderas;
cualquiera de nosotros puede encender su cigarrillo ——hasta el fumar es
invención humana —— apretando el botón de su encendedor. Dentro de poco
bastará que dirijamos la mirada al botón para que surja la llama, como
en un milagroso y familiar fuego de San Telmo.

Ôrtega y Gasset ha dicho que el hombre se halla envuelto en su circuns-
tancia. Con esta expresión quiso afirmar el carácter también indisoluble
que tiene la existencia humana, que desde el primer gemido está ya envuelta
en el mundo. Pero si el niño, realmente, inicia su peregrinación terrena
envuelto en su circunstancia de espacio y tiempo, precisamente su peregrinar
es un liberarse de aquellas circunstancias, un rebasarlas, un trascenderlas.

Con respecto al tiempo, el animal vive una existencia puntual y momentánea.
No sólo no tiene conciencia del tiempo, sino que su experiencia anterior,
asimilada en forma de reflejos condicionados, apenas modifica la amplitud
de su espacio vital. Y en cuanto al futuro, es tan próximo, que apenas me-
rece tal nombre. Biológicamente es como una nave arrastrada hacia el mar
allí donde van a dar todos los ríos, según el verso de Jorge Manrique—
sin que se den cuenta, siquiera, de que van. El hombre por el contrario,
sabe hacia donde va y planea su propio camino. Proyectar es vivir un futuro
en el presente. Y del pasado qué enorme peso gravita sobre nosotros! La his-
toria de nuestros pueblos, la historia de la humanidad entera nos aprisio―
na y nos libera, al mismo tiempo, desde nuestros primeros pasos en la vida.
¿Qué es la puericultura que cuida los niños al nacer, sino un modo de expe-
riencia colectiva, cristalizada en forma de conocimiento científico?
Ahora bien, planear una vida es hermoso, pero es un modo inseguro de
vivir. El animal, sujetándose a un plan impreso en Sus plasmas de un modo
indeleble, vive con mayor seguridad. Los instintos del animal son más se-
guros -—salvo cuando el hombre les pone una trampa. ¿Cómo compa-
rar el instinto de orientación del hombre con el de las aves que corren por
rutas no aprendidas en sus migraciones anuales? ¿Cómo comparar la per-
cepción humana de los obstáculos con la del murciélago que tan seguramente
maneja su radar instintivo? El déficit de los instintos lo suple el hombre
con su capacidad de inventar. He aquí una tremenda paradoja del ser hu-
mano, que nace biológicamente deficitario y se convierte, por sus propios
medios, en aquello que aprendimos en nuestras primeras letras: en el rey
de la creación.

Tan maravillosa aventura sólo ha sido posible gracias al impulso excen-
trico que arrastra al hombre a evadirse de su circunstancia. En este punto.
las diferencias entre el varón y la mujer son evidentes. Casi. diría yo. radicales. Desde
el primer momento en la historia de la humanidad es el varón el que com-
bate para dominar. Su espíritu no Se halla satisfecho en esa situación plas-
modial y circunscrita de la circunstancia en que nació, sino que trata de
saltar, de correr aventuras, de proyectarse fuera de ellas. La creación del
mundo propio es una proyección del principio individual. El tema se ha
abordado filosóficamente muchas veces. En lugar de decir que el hombre
contiene el mundo en sí mismo, como en un microcosmos, podríamos em-
plear la expresión inversa. El mundo es "macantropo" como decía, con
horrísona palabra, Schopenhauer. Pero esta "macantropía" encierra nota-
bles peligros, porque la realización de un ser "en el mundo" lleva consigo
el peligro de dejar de ser "uno-mismo". Por ello el varón vive en ese cons-
tante peligro de dejar de ser, de confundirse con las cosas y objetos de su
contorno, en una palabra de alieriarse. El varón, por ejemplo, padece más
ricas formas °de enloquecer que la mujer.

Sexualidad y mundo moderno parte III


La encuesta Kinsey intentó un acercamiento científico al problema de
la sexualidad. El segundo factor importante que caracteriza la sexualidad
del hombre moderno consiste en su reducción a la categoría de sensación
placentera. desprovista de toda atmósfera creadora en la que ha estado siem-
pre envuelta. La sexualidad contemporánea evita Ser creadora y, cuando
lo es, niega el misterio ćle la creación sometiéndose a una planificación previa.

El arsenal de los medios anticonceptivos crece cada día. El amor del que se
habla es un "quehacer" biológico o fisiológico. Malcolm Muggeridge relata,
el ensayo antes citado, haber visto escrito en la pared de una calle, en Santa
Mónica, lo siguiente: "Acuéstate, creo que te amo". Es decir, el sexo des-
cargado de Sus envoltorios, convertido en puro orgasmo. A las declaraciones
de los derechos del hombre hay que agregar, dice irónicamente el citado
autor, este nuevo: el derecho al orgasmo.

Un ejemplo de a dónde puede llegarse por la vía de la planificación
científica se halla en las investigaciones de Masters Sobre la masturbación
femenina. La investigación Se dirige sólo al orgasmo masturbatorio. ;Qué
lejos se halla del éxtasis sexual! Así se llegará a la muerte de Eros. En una
cierta literatura (por ejemplo el artículo de Farber e11 Cernrnenzfaw o el libro
de Ellis sobre Sex and the single man) se propugna la ipsación como la fórmula
más perfecta — y menos comprometida— de la satisfacción sexual. Así no
se realiza el más mínimo esfuerzo que exige todo encuentro personal. No
cabe una mayor decapitación de la función sexual.

El psicoanálisis pretende que la liberación de las inhibiciones —- sexuales
o no- es la fuente de la salud psíquica. Ya sé que ha habido muchas exa-
geraciones en esta interpretación y que esta fórmula condensada es imper-
fecta, pero la línea general terapéutica de muchas escuelas psicoanalíticas
se monta sobre este esquema de la satisfacción instintiva. Para muchos auto-
res desde D.H. Lawrence a Henry Miller por ejemplo- la satisfacción
sexual es una fuente de energía. Algo análogo pensaba Nietzsche. Y este
mismo pensamiento se oye en boca de muchos neuróticos. Me refiero a la
sexualidad como refugio de un estado de privación. La Sexualidad es como una
Satisfacción instintiva, como un escape, como algo que rellena un vacío
que existe en el hombre contemporáneo. Es paradójico pensar que tras un
gran proceso de "toma de conciencia" de la sexualidad Se hayan vuelto
inconscientes los mecanismos de su supravaloración. Lo que hay en el fondo
de ese estado de privación que padece el hombre contemporáneo no es más
ue una forma de ansiedad. La Sexualidad es un narcótico de la ansiedad.

El psicoanálisis afirmó más de una vez que la ansiedad surge de la privación
sexual. Aquí se le escapa algo primordial: que la ansiedad es Originariay su
sexualizaeión es secundaria. (Véanse detenidamente expuestas estas tesis en
mi libro Las neurosis como enfermedades del ánimo.) Jung decía que para Freud
la sexualidad tenía algo de "numinoso". Lo numinoso, como dice R. Otto,
es el "mysterium tremendum". (Tersteegen afirmaba: un Dios que Conce­
bimos no es Dios.) La planificación y el estudio científico de la sexualidad
tropezará siempre con esta dificultad. Se han adquirido muchos conocimien-
tos científicos sobre la misma, se han descubierto los centros cerebrales que
la rigen, las hormonas que intervienen en ella, la cromatina sexual, etc., etc.

La sexualidad humana no termina ahí. Los intentos explicativos de la homose-
xualidad de base hormonal o cromatínica, por ejemplo, son absolutamente
insuficientes. Y por si fuera poco el misterio, queda la decisión de aceptar
o no el comportarse homosexualmente, sin estar íntimamente determinado
a ello. Así es de compleja la persona humana; por eso la sexualidad redu-
cida y planificada en última cuenta, se deshumaniza.

La sexualidad contemporánea es una sexualidad de consumo. En la socie-
dad actual desaparecen cada vez mas las tensiones clasistas y el proceso de
nivelación se logra día a día. Estos avances se deben al progreso en la pro-
ducción que, a su vez, se halla estimulado por la necesidad de su creciente
aumento y que exige el acceso de mayor número de seres humanos a los
bienes de producción. En la dimensión productiva, el hombre pierde su
A individualidad, recuperándola en el tiempo libre. Sólo el tiempo libre es
privado. A cada cual le pertenece el suyo. Pero también ese tiempo libre
se planifica actualmente como el consumo. La sexualidad ingresa en este
esquema. Al depender cada vez menos de la función reproductiva, o sea,
al Separarla cada vez más de la paternidad, se privatiza más y mas. Ya no
se trata de actos sociales o interpersonales —el matrimonio es una institu-
ción social—- sino de actos privados individuales: la búsqueda del placer.

Lo que el acto sexual tenía antes de aventura sexual, de exaltación del Ser
y al mismo tiempo de riesgo, se desdibuja. Se trata de lograr un placer sin
arrepentimiento, un placer inocuo ("et de toutes les facons représente si peu
de temps". Francine Combelles, journal íntime). Así, el placer sexual de una
sociedad montada sobre la nivelación y la competencia aleja a los seres
humanos unos de otros, en lugar de acercarlos. El hogar se deshace por el
trabajo simultáneo, cada miembro de la pareja trabaja en un lugar distinto.

La mujer se ha emancipado y su emancipación deja el hogar vacío. El Estado
contemporáneo ha creado los sistemas de Seguridad social anhelados por
todos los pueblos y a decir verdad, eficaces, grandemente eficaces, en muchos
aspectos. Pero algo hay que le falta al hombre en esta civilización del bien-
estar: el calor del hogar. El hogar es un foco de Seguridad emocional.

A medida que van desapareciendo los trastornos físicos, el hombre mo-
derno se halla sujeto a otra clase de torturas que le afectan en su medula
personal. En una de las recientes piezas de teatro de más éxito, Who is afraid
of Virginia Woolf?, puede verse una nueva forma de conflicto personal creado
por el contacto poco discriminado de piel a piel y la distancia pro-
gresivamente discriminadora de alma a alma.

Por Juan J. López Ibor

Sexualidad y mundo moderno parte II

Ahora bien, la encuesta se basa sobre las confesiones de los varones Y
las mujeres sobre su pasado sexual. ¿Puede siquiera imaginarse el coeficiente
de error que esto supone? ¿Cómo ve cada cual su propio pasado? Quiérase
o no, a la luz del presente, y éste deforma siempre la perspectiva con que se
A le ofrece la vida pasada. El pasado no es nunca una recapitulación. Sino una asimi-
lación selectiva. v esta selección alcanza, naturalmente, hasta las propias ex-
periencias sexuales. Comienza la encuesta, pues, con una autointerpreta-
ción de la conducta humana, que luego es confesada ——segunda fuente de
error— a un investigador. ¿No contarán los sujetos más que lo que ha sido
lo que creen que ha debido ser? Aún así, no es éste el error más grave, sino
el del concepto de norma biológica. ¿Puede el hombre reducirse a un esquema
tan elemental, tan simple? Los médicos, que tanto luchamos por hallar per-
files claros en la idea de enfermedad, sabemos muy bien que nos encontra-
mos ante un concepto-límite. Según mi punto de vista, el concepto de enfer-
medad no puede lograrse sin ensamblarse con el de libertad. El hecho pro-
duce un cierto asombro. La enfermedad, que parece a primera vista un
puro fenómeno biológico, Se halla definida por una idea que arranca del
fondo metafîsico del hombre. Pero así es, porque así es también el hombre,
tenso siempre entre dos polos: su determinismo y su libertad, su naturaleza
y su historia.

¿Dónde esta el método que mida exactamente los grados de libertad
del hombre? La misma dificultad nos encontramos con respecto a la norma
sexual. Kinsey quiso averiguar lo natural en la vida Sexual. Lo natural se reduce
aquí a lo fisiológico. Antes, se hablaba de naturaleza humana para Señalar
lo que hay en el hombre de peculiar. Es decir, la "naturaleza" como expre-
sión de la "physis" griega. Hoy, se habla de naturaleza para referirse sólo
a los planos biológicos del ser humano.

En la encuesta, tal y como la planeó Kinsey, no pudo revelarse la estruc-
tura esencial de la sexualidad, sino su condicionamiento histórico. Tam-
bién la sexualidad en la sociedad actual expresa la dinámica competitiva que la
caracteriza. Se trata de obtener "records" verbales o reales. La sexualidad
penetra, por esta vía, en la ficción social, sin que el que hace la estadística
pueda evitarlo.

Las dificultades para lograr una antropología comprensiva de la Sexua-
lidad emanan de Sus complicadas estructuras. Por un lado, se halla en di-
recta conexión con los elementos constitutivos del cuerpo humano; pero
por otro, se halla ligada a los problemas más profundos del encuentro personal.

Es curioso e interesante al mismo tiempo que lo que integra biológica-
mente la sexualidad es siempre un elemento esencial, pero reductivo, de la
conducta humana. Desde este punto de vista, la fórmula sexual apenas ha
progresado a lo largo de la historia de la humanidad. El acto en sí ofrece
una dinámica apoyada en leyes tan elementales como el "principio de repe-
S tición". Quizás el hombre tiene menos variación en las satisfacciones proce-
dentes de lo sexual que en la gastronomía. En lo sexual todo está inventado,
al menos en lo que tiene que ver con la biología. Ya la emperatriz Teodora
encontró algo definitivo cuando resolvió "Satisfacer todos los orificios amo-
rosos del cuerpo humano, completamente y al mismo tiempo". Teodora
fue la primera que habló de ello, pero probablemente ya este descubrimiento
se había hecho mucho antes, a las mismas puertas del Edén. Las perversio-
nes sexuales obedecen a ciertos arquetipos.

Antes ya he aludido a la reiteración de los tipos en la imaginería sexual
clásica y la incaica. Lo que ha aportado el mundo actual es una nueva forma
de penetración de la dinámica de las perversiones en la sexualidad normal,
lo cual no tiene nada de extraño si se acepta, como dice Freud, que el niño
es un "perverso polimorfo". Sade pretendía aumentar el placer sexual su-
mando el éxtasis del acto carnal con el placer de la agresión. Desde el punto
de vista fisiológico tal idea resulta discutible, precisamente porque el sistema
nervioso está organizado de tal manera que reacciona totalmente y no su-
mando matemáticamente las excitaciones. La matemática sexual no cuenta
con una serie indefinida de números, sino que se detiene en un número pre-
ciso, anterior a la centena. Lo que ocurre, además, ya no es fisiología sino la
psicología y, por tanto, traspasa las fronteras de lo imaginario. Las diversas
perversiones sexuales se caracterizan por una reducción del ámbito Sexual.

El objeto Sexual no es sólo sustitutivo, sino limitativo. La reducción alcanza
hasta la anulación de la posibilidad del placer normal. Esta es la frontera
que separa la perversión de las variantes similares y menores que se presen-
tan dentro del ámbito de la Sexualidad normal. La auténtica perversión
tiene un fondo nihilista.

Sexualidad y mundo moderno

Primero una pregunta, ¿en qué sentido podemos hablar de mundo mo-
derno? Existen países desarrollados, otros a los que Se califica de subdesa-
rrollados y en tercer término una categoría, muy significativa por cierto,
la de los países en vías de desarrollo. Lo que esto significa es que en todos
domina una apetencia común por un tipo de sociedad de masas, técnica-
mente progresiva y con muchas analogías profundas, a pesar de grandes
disparidades en la máscara política con la_ que se presentan. Todos van a
la búsqueda del mismo nivel histórico apoyados en un determinado tipo
de progreso. Si todas las colectividades nacionales se afanan en la consecu—
ción de ese arquetipo común, bueno será elegir para su estudio los tipos de
sociedad que más se aproximan a él. Quiero decir que al hablar de la signi-
ficación de la sexualidad en el mundo contemporáneo, me refiero más espe-
cialmente a la que ha adquirido en los pueblos desarrollados y no a la que
realmente tiene en los subdesarrollados. Más bien tendrán éstos que pensar
si aquel ideal debe estimarse como universalmente válido o si, al observar Š
su proyección en una dimensión tan densamente humana como la sexualidad, i
no valdría la pena pensar en un replanteamiento del problema.

Vivimos en un mundo tan "erotizado" que ya empieza a producirse,
una cierta alarma en los Sectores más progresistas. Malcolm Muggeridge
ha publicado un ensayo con el título "; Basta de sexo !". Se hallaba un domingo
por la mañana tomando una taza de café en un "drugstore" en Racine,
pequeña ciudad del estado de Wisconsin. LOS anuncios que estaba viendo
le impresionaron. "Es —dice— el final de un largo camino al que Have-
lock Ellis, D.H. Lawrence, H.G. Wells y tantos otros nos llevaron? El viejo
Freud les dio su bendición. Krafft-Ebbing tuvo también algo que decir.

El sexo se ha convertido en manía, en enfermedad, como le ocurrió al pro-
pio Lawrence que, como tantos otros profetas de este culto, era o casi era
impotente. Los niños, a los nueve años, en lugar de leer libros de cuentos,
tienen ya en sus manos el Kama Sutra. El sexo es la religión de la sociedad
más desarrollada económica y' culturalmente. El sexo es un elemento esen-
cial del "american way of life", etc., etc. Muggeridge es un escritor brillante
y agresivo. Quizá se ha escandalizado demasiado. Sobre todo no Se puede
limitar este "way of life" a América. También su penetración es masiva
en Europa.

En primer término, en cualquier rasgo de la conducta humana hemos
de ver lo que hay de normal y de anormal. Las perversiones sexuales son an-
tiguas y permanentes en la especie humana. Lo que se encuentra repre-
sentado en las figuras sexuales de los museos incaicos es lo mismo que nos
ha legado la tradición erótica grecorromana. Lo que varía en cada época
histórica es la línea de lo que se considera vida sexual normal o natural en
el hombre y lo que se considera anormal.

Esta frontera se trata de delimitar —-——en el mundo moderno-- con arre-
glo a un criterio estadístico. Como toda estadística necesita cuantificar los
fenómenos. En 1953 estalló la bomba K (Kinsey Rapport). Y ¿cómo cuan-
tifica la sexualidad Kinsey? Reduciéndola a una unidad de medidas el or-
gasmo. Y aun en la mujer adopta la misma unidad, desconociendo la com-
plejidad y diferencia de este fenómeno en cada sexo y unidad, y analogando
sexualmente la mujer con el hombre. ¿Es que alguien que conozca el pro-
blema de la Sexualidad puede pretender que Se logre cuantificar de esta
manera?

Desde el punto de vista de la organización, la encuesta Kinsey consti-
tuyó una muestra de la eficacia de los nuevos métodos de investigación.
Un equipo dirigido por un zoólogo, e integrado por un psiquiatra, un psi-
cólogo social, un estadístico, etc., con todas las secciones posibles y todos
los consultores deseables. Desde el punto de vista técnico, la operación es-
crutadora se realizó con un enorme rigor. Los dos libros que Kinsey escri-
bió basándose en los resultados de la encuesta y que han sido "best­seller"
en los años de su aparición, han pasado a engrosar los caudales de la Uni-
versidad, dando con ello una muestra del desinterés y la buena fe que presi-
día la investigación. El impacto sobre la opinión americana y, en menor
escala, sobre la del mundo, fue tremendo. Pero ¿cuá1 era el propósito de tal
encuesta? No se trataba de una mera inquietud científica,de un Saber por
saber. Kinsey y sus colaboradores emprendieron su trabajo porque, según
ellos, la humanidad sabía muy poco de uno de los más esenciales problemas
de su vida: la Sexualidad. LoS conocimientos que se habían acumulado
durante siglos sobre tal problema eran insuficientes y deformados. En torno
a él no había más que algunos conocimientos psicológicos lacunares, ex-
presiones literarias fascinantes, pero insuficientes, prejuicios religiosos y mitos
y, también, palabrerías del hombre de la calle. Resultaba imperativo, pues,
que en la era tecnológica se abordase el problema por el método más rigu-
roso posible. El conocimiento matemático-estadístico de los hábitos sexua-
les del varón o de la mujer en una determinada sociedad, en este caso la ame-
ricana, nos ofrecerá la Seguridad en el trazado de las normas sexuales a las
que debe atenerse la conducta humana. La publicación de los resultados de
la encuesta Kinsey traza, sin duda, un meridiano importante en el cono-
cimiento de la sexualidad contemporánea.

Antropología Sexual


Sexo, eros y ágape

Resulta evidente que la sexualidad constituye una dimensión esencial
de la conducta humana. Se habla mucho de "instinto sexual", pero comete-
ríamos un error si planteásemos este problema desde una perspectiva pura-
mente biológica. Resulta interesante anotar que, aún para la reproducción
animal, la aparición del instinto Sexual es como un Salto o, si se quiere decir
de otra manera, como un lujo de la naturaleza. Los seres inferiores se repro-
ducen por partenogénesis. ¿Pero,basta la partenogénesis para lograr la
reproducción? Indudablemente no basta. El mundo animal sería otro si
su modo de reproducirse no fuera más que el partenogenético. La presen-
cia de los dos sexos en el mundo animal supone un gran enriquecimiento
en las formas de vida. Entre otras acciones permite que los procesos here-
ditarios no se realicen sólo de un modo reductivo, sino que en ellos inter-
vengan, en alguna forma, los azares de la vida.

También la presencia de la sexualidad humana supone un nuevo Salto,
un nuevo lujo, un enriquecimiento en el programa vital. En estos últimos
tiempos se ha desarrollado una polémica entre los psicoanalistas franceses a
propósito de la traducción de la palabra alemana "Trieb" que usa Freud
generalmente cuando se refiere a la sexualidad. En muchas traducciones
de Freud Se ha utilizado la palabra "instinto". Lacan y su escuela alegan
que "Trieb" no es lo mismo que instinto v por eso proponen traducirlo por
"pulsión" (impulso). Este deseo de rigor en la traducción plantea el problema
de las diferencias entre Freud v Jung. Para designar el área instintiva Sexual
Freud eligió el término de "lÍbido". Jung pretendió que líbido debía inter-
pretarse como "instintividad general". En Freud mismo se establece la dife-
rencia entre "líbido" como inclinación erótica y "genitalidad" como más
limitativa de lo específicamente sexual―biológico, por así decirlo.
En realidad, se trata de configuraciones distintas de la conducta humana.
En el instinto se alude más directamente a Sus radicales biológicos,
en "eros" a sus radicales psicológicos y humanos. Últimamente se ha vuelto
a introducir en la estructura de la conducta amorosa del hombre la palabra
"agape". Con la palabra "eros" designaban los griegos la fuerza natural
que empuja a los animales y al hombre a la reproducción, pero el "eros"
humano supone algo más. El impulso erótico yace en la creación artística
y científica. El eros nunca logra su objetivo del todo y por eso en él se mani-
fiesta la apertura constitutiva del hombre. La acción instintiva es cerrada.
Es como un timón seguro que llega a un fin, con regulaciones casi ciberné-
ticas. En el impulso erótico el hombre es arrastrado siempre a más y no se
limita a la apropiación de la hermosura del otro cuerpo, sino que alcanza
el mundo de la imagen y de las ideas.
Nygren escribió un libro que Se ha hecho famoso sobre el "eros" y el
"agape". Considera al "eros" como egoísta, buscando la autosatisfacción.
Si miramos al instinto sexual desde la perspectiva reductiva del biólogo su
dinámica resulta egoísta, como la de los otros instintos. Se satisface el ham-
bre y se satisface el instinto sexual. Sobre esta satisfacción, en la que el Ser
-animal u hombre- se apropia del mundo, el biólogo construye después
la teoría de que tales conductas autosatisfactorias conducen a la conserva-
ción del individuo y de la especie. En la vivencia que acompaña a la acción
instintiva pura, esta finalidad no aparece tan clara. Existe como una espe-
cie de trama inconsciente en el sentido que daba a esta palabra Eduardo
Hartmann.
El "agape" es una forma especial de amor. Nygren la contrapone al
"eros". Teológicamente es el amor oblativo de Dios por la criatura. En el
Nuevo Testamento cristaliza el amor en la figura de Jesucristo. Dios ama
al hombre y manifiesta su amor descendiendo a él, haciéndose hombre y
muriendo por él en la Cruz. Esta dinámica de arriba abajo es la que trans-
forma el amor humano, haciendo al hombre capaz de amar a sus semejantes,
no por su belleza o por sus valores atractivos, sino por ellos mismos. La diná-
mica erótica empuja hacia el "objeto’‛ amado porque es deseable. No es
una dinámica de Consumo, como en la acción instintiva pura, sino enriquece-
dora. El "eros" es algo más que líbido o acción sexual pura. Spranger hablaba
del "eros" como de un sentimiento estético. En la adolescencia,la dinámica
erótica aparece flotando de un modo evidente sobre la dinámica sexual,
a pesar de la violencia de sus sismos en ese período de crecimiento. En el
"agape" lo amado lo es por la dinámica misma del amor. De ahí que el "agape"
tenga que ver con el hombre en cuanto "persona".
Sexo, eros y ágape son tres aspectos de la Conducta humana. En la rela-
ción entre el hombre y la mujer los tres Se hallan Simultáneamente presentes.
No se pueden aislar _uno de otro sino por necesidades descriptivas, pero en
la dinámica global se ve la influencia de una u otra dimensión de las fuer-
zas gravitatorias que empujan a un sexo en dirección al otro. Es evidente
que existe la "atracción sexual" entre el hombre y la mujer y también lo es
que existe la atracción erótica. En ésta se incluye toda una trama de simpa-
tías y antipatías, de deseos y aversiones, de vitalidades y fatigas, de intereses
y desintereses, de novedades y de habituaciones. Por virtud de ese conglo-
merado dinámico el hombre y la mujer se apasionan el uno por el otro. Y
también se desencantan. La atracción sexual yla erótica, la primera bio-
lógica, la segunda psicológica, no serían -y no son- duraderas si no van
enhebradas por el sutil hilo amoroso que pertenece al reino del ágape y que
es capaz de permanecer, a pesar de las oleadas y mareas de los instintos y
de los sentimientos. Esta triple estructura se halla imbricada en toda la con-
ducta amorosa del hombre. La sexualidad humana es algo más que sexua-
lidad. En la situación actual de la sexualidad en el mundo contemporáneo
vemos reflejada la tendencia reductiva por la que atraviesa, por empeñarse
en no existir más que en uno de sus planos: el del "sexo".

Por Juan J. López Ibor